Este artículo, firmado por Maria Sellés, se encuentra originalmente en catalán en La Directa y data del 10 de septiembre de 2020. Aquí puedes leer la traducción.
Tengo 29 años y he nacido de donante anónimo. La principal implicación de esto es que no tengo acceso a ningún tipo de información sobre la mitad de mis orígenes. Lo tengo prohibido. Con esta introducción pienso que ya lo intuís, pero por si acaso, disiparé dudas rápidamente: sí, lo considero una vulneración de mis derechos y los de todas las personas nacidas como yo.
Originalmente, había pensado escribir sobre cómo esta realidad me ha causado graves problemas a la hora de crearme mi identidad. Pero he cambiado de opinión. Y he cambiado de opinión porque, en el fondo, pienso que esto vosotros ya podéis imaginarlo. El problema no es que no empaticéis que puede haberme supuesto no tener derecho a saber nada de mi segundo progenitor, el problema es que lo negáis. Vamos, pues, a la raíz de vuestra negación: hablemos de la familia.
Parece que hay dos discursos hegemónicos en torno al concepto familia: uno, el de la familia con copyright, que en una escala de mayor conservadurismo a menos, pasa por discursos desde “los niños necesitan padre y madre” a “montáoslo como crea, pero los niños necesitan una figura paterna y una materna”. El otro, el de la familia diversa, que, como su nombre indica, diversifica el modelo único: cuestiona estas “figuras paternas y maternas”, no pone límite al número de padres y madres que un niño puede tener y deja de situar exclusivamente a estos padres y madres en un vínculo sexo-afectivo, dando espacio a la cocrianza. En otras palabras, no es necesario esperarse a tener una pareja tradicional (vínculo sexo-afectivo) para plantearse una crianza ni, en caso de tenerla, tampoco es obligatorio plantearse la crianza con la pareja.
Yo misma no podía ser hija de mi madre. Debía ser hija de mi madre y un señor. Así que durante muchos años, en mi DNI ponía que yo era hija de un tal Josep que no existía.
No sufráis, no tengo ninguna intención de mantenerme neutra. Es imposible para mí no defender de dónde vengo y no poner sobre la mesa la gran amenaza que es el discurso del modelo único. Está en todas partes, en las series, en los cuentos, engranado en nosotros y en el imaginario colectivo. Tan asumido que os creéis con legitimidad para preguntarme durante 29 años cómo llevo no tener padre. No sé. ¿Cómo llevas tú no tener dos madres? Tan estructural que una familia con dos padres y una madre no puede acudir al registro civil a inscribirse porque no aparece en los formularios. Yo misma no podía ser hija de mi madre. Debía ser hija de mi madre y un señor. Así que durante muchos años, en mi DNI ponía que yo era hija de un tal Josep que no existía. El mensaje está claro: en su casa le sobra o le falta. Siempre juzgadas según los baremos del modelo único. Nos negáis la oficialidad y la pertenencia y nos relegáis a una existencia secundaria y precaria, con todas sus consecuencias. Nuestro dolor no viene de nuestras familias, que son nuestra naturaleza y nuestra razón de ser, viene de su exclusión.
Hablemos ahora de la genética, el pilar fundamental en torno a los y las donantes anónimos/as. No creo ni defiendo de ninguna de las maneras que familia y genética vayan de la mano. Desde mi punto de vista, la genética es un aspecto más de un ser humano, como puede ser la apariencia física, la ideología, la cultura, etc. No es de entrada un eje más central que otro y el valor que una persona le dé dependerá exclusivamente de cómo esa persona lo sienta. Quizás yo encuentro una identidad en mi género. Quizás la encuentro en mi orientación sexual. Quizás siento las raíces en mi lengua y mi cultura. Quizás encuentro en una ideología un espacio seguro. O quizás yo decido ser un poco de cada cosa. Cómo nos construimos la identidad propia es una vivencia única, intransferible y personal y los aspectos que cada uno elige para hacerlo no son ni juzgables ni cuestionables. La genética es un aspecto tan válido como cualquier otro y si alguien lo elige como eje identitario no sólo es legítimo, sino que tiene todo el derecho. En mi caso, puesto que hablo yo, no va tanto la cosa de genética como de orígenes. Y sí, no conocerlos me ha dificultado mi proceso de construcción de la propia identidad.
Puede haber ocurrido que al inicio del texto os hayáis clasificado rápidamente en defensores de la familia con copyright o, por el contrario, en defensores de la familia diversa. Pero si habéis sentido que en determinados contextos podríais defender ambos modelos, no sufráis en absoluto, sois la persona más común. Os transcribo a continuación una conversación que he tenido más veces de las que quisiera. Yo soy Y, O es la otra persona.
O: *referencia cualquiera a mi padre*
Y: No tengo padre.
O: Uy, perdón, no lo sabía.
Y: No, no pasa nada. No ocurrió nada catastrófico, es que no tengo padre.
O: Ya. ¿Se separaron con tu madre?
Y: No.
O: ¿Se fue?
Y: No.
O: ¿Murió?
Y: No. No tengo padre.
O: Pero a ver, padre debes tener. No puede que no tengas padre.
(Periodo de tiempo indefinido más tarde durante el cual esta persona me ha conocido a mí y a mi contexto familiar.)
Y: Sí, a mí me gustaría conocer a mi segundo progenitor. Verle la cara, saber cosas de él…
O: ¿Pero por qué? Tú ya tienes una familia. Padre es quien te ama y te cuida. ¿Y tu madre qué, pobre? Ella te ha cuidado siempre, no es justo para ella.
¿Qué? Maravilloso, ¿eh? Con el chip del modelo único (el que tenemos por defecto), vuestra respuesta a “no tengo padre” es “no puede ser”. Con el chip de la familia diversa, vuestra respuesta a “me gustaría conocer al donante del que he nacido” es “no puede ser”. Lo entiendo, mi sentir os incomoda en los dos contextos y lo siento, pero hasta aquí. Porque para incomodidad la mía escuchando vuestra confusión monumental sobre qué es familia y vuestras explicaciones constantes sobre qué me falta, qué me sobra, cómo me siento y cómo debo construir yo la identidad propia. Mi experiencia es mía. No es ni vuestra ni, ciertamente, no es de psicólogos, especialistas en fertilidad o comités de ética que llevan más de 30 años al servicio del provechoso negocio que es la reproducción asistida en España. Yo soy la única persona que debería estar legitimada para hablar sobre cómo me siento yo.
A las familias diversas: si creéis tan firmemente como yo que los y las donantes no forman parte de nuestras familias, ¿de qué tenéis miedo? ¿Qué pensáis, que la única manera de defenderlas es prohibirnos el vínculo con una persona de la que hemos nacido?
A las familias diversas: si creéis tan firmemente como yo que los y las donantes no forman parte de nuestras familias, ¿de qué tenéis miedo? ¿Qué pensáis, que la única manera de defenderlas es prohibirnos el vínculo con una persona de la que hemos nacido? ¿Qué creéis que pasaría si nos conociéramos? ¿Que nos lanzaríamos a sus brazos antes que a los vuestros? ¿Tan poco creéis en las familias que construís? Yo quiero un vínculo con el donante del cual nací, pero no uno familiar, porque familia ya tengo una y está completa tal y como está. La legitimidad de nuestras familias nunca debería pasar por prohibirnos a las personas que formamos parte, conocer nuestros orígenes. La legitimidad nos la da nuestra existencia. Somos. Y punto.
A los y las donantes: si, llegado el momento, bajo ningún concepto querríais responder a preguntas de personas que han nacido de vosotros, por favor, no donéis. No estáis participando de llevar muebles al mundo. Somos personas que un día podemos hacernos preguntas y tenemos derecho a que nos sean respondidas.
A los abanderados de la familia con copyright y el modelo único: absteneros de darme vuestro apoyo. No lo quiero.
Y ahora, por último, un par de preguntas frecuentes, las más comunes que he oído las poquísimas veces que he encontrado a alguien abierto a debatir donantes anónimos.
La primera: no, el cambio de modelo nunca sería una obligación, sería una opción. Para que la persona que nazca, llegada a cierta edad, pueda decidir si quiere conocer o no a su donante. Aparte, habría una legislación última que evidentemente vaciaría a los y las donantes de derechos y deberes respecto al niño. Porque, una vez más, no es un vínculo familiar lo que se estaría generando. La segunda: sí, bajarán las donaciones. Al menos hasta que la respuesta a la primera pregunta no quede bien asumida a nivel general. Luego, a largo plazo, la estadística nos dice que vuelven a subir. ¿Sabéis lo que pasa? Que aquí somos tres partes: familia receptora, donante y persona que nace y hasta el momento sólo están reconocidos los derechos de dos de las partes. Es normal que con la irrupción en el panorama de los derechos de los terceros, los de los demás tengan que recolocarse un poco. No es que os los estemos quitando, es que ahora mismo, los vuestros nos están pisando los nuestros.
El primer país en abolir la donación anónima de óvulos y esperma fue Suecia a mediados de los 80. Actualmente, está abolida también en países como Noruega, Finlandia, Reino Unido, Alemania, Holanda, Suiza, Austria y Australia. En muchos otros, como Estados Unidos, Dinamarca o Bélgica, el sistema es mixto.
Por favor, ¿podemos al menos empezar el debate?
¡Por cierto! Sería indicado, ya que estamos, hablar sobre qué derechos tengo con relación a las otras cinco personas nacidas del mismo donante. Sí, sí, demasiada información de golpe, lo entiendo. Lo dejamos para más adelante. Pero no me olvido.


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